La noche del 13 de marzo de 1964 caía sobre Río de Janeiro cuando el presidente João Goulart (conocido como Jango), anunció medidas que cambiarían el rumbo de la historia nacional frente a una multitud reunida en la Estación Central de Brasil.
Su discurso, centrado en la restricción de los envíos al exterior de las ganancias de empresas extranjeras y en la promesa de una reforma agraria, no solo resonó en las calles, sino también en los despachos de Brasilia, en las sedes de las corporaciones multinacionales y en los pasillos de Washington.

Días antes, en Belo Horizonte, un grupo de mujeres que empuñaban rosarios como escudos frente a lo que consideraban una amenaza comunista, le impidieron hablar al diputado federal laborista Leonel Brizola, cuñado del presidente.
“Los rosarios de la fe no pueden levantarse contra el pueblo”, advirtió Goulart en la Central de Brasil.
La respuesta a esa advertencia llegaría menos de una semana después, no en forma de plegarias silenciosas, sino en el estruendo de medio millón de personas que marcharon por el asfalto de São Paulo en la tarde del 19 de marzo, día de San José, patrono de la familia.
La Marcha de la Familia con Dios por la Libertad comenzó en la Praça da República a las cuatro de la tarde y avanzó hacia la Praça da Sé. Las pancartas que portaban las y los manifestantes combinaban devoción religiosa y anticomunismo visceral: “Nuestra Señora de Aparecida, ilumina a los reaccionarios”, “El rojo solo en el lápiz labial”, “Verde y amarillo, sin hoz ni martillo”.
Lo que aparentaba ser una manifestación espontánea de fieles preocupados era, en realidad, el resultado de una articulación mucho más compleja, como explica la doctora en historia Janaína Cordeiro, de la Universidad Federal Fluminense (UFF), quien estudió la actuación de grupos femeninos conservadores en esa época.
Según Cordeiro, el movimiento no surgió de manera espontánea, sino en un contexto de intensa polarización política. “La primera marcha tuvo lugar en São Paulo y fue concebida como un acto de reparación al rosario, que habría sido ofendido por Jango en el mitin de la Central de Brasil el 13 de marzo”, explica.
Estas mujeres – amas de casa y maestras de primaria de clase media – se organizaron con rapidez. “Eran sobre todo amas de casa y, si ejercían una profesión, era vinculada al cuidado, considerado hasta esa época un ámbito femenino”.

La organización de la marcha tomó apenas cinco días y contó con el apoyo de figuras como el diputado federal Antônio Sílvio da Cunha Bueno, del Partido Social Democrático (PSD), y el vicegobernador de São Paulo, Laudo Natel. Mientras tanto, el gobernador paulista Adhemar de Barros recaudaba fondos del empresariado en la sede de la Federación de Industrias del Estado de São Paulo (Fiesp) para equipar a la fuerza pública y garantizar el orden para el evento.
El nombre de la marcha lo sugirió la monja Ana de Lurdes, quien la consideraba “un acto de fe en un momento de oscuridad”.
La historiografía indica, con base en documentos y el testimonio del exagente de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA), Philip Agee, que la CIA proporcionaba dinero al Instituto Brasileño de Acción Democrática (Ibad).
También habrían recibido financiamiento de la CIA y del sector empresarial para organizar la marcha el Instituto de Investigaciones y Estudios Sociales (IPES), la Campaña de la Mujer por la Democracia (CAMDE), la Fraterna Amistad Urbana y Rural (FAUR) y la Sociedad Rural Brasileña (SRB).

Un documento sobre las marchas de la familia elaborado por Rodrigues Matias y publicado por la revista Caros Amigos en 2002, señala que “João Batista Leopoldo de Figueiredo, presidente del IPES, fue una de las piezas clave en la articulación del movimiento”.
El “sacerdote de la CIA”: la religión como arma de la Guerra Fría
La trayectoria de un sacerdote irlandés que creía haberse salvado por un milagro también explica cómo la fe se convirtió en una herramienta de la política exterior estadounidense.
Patrick Peyton, miembro de la Congregación de Santa Cruz, contrajo tuberculosis durante su formación sacerdotal en Estados Unidos. Cuando se recuperó, atribuyó su salvación a la intercesión de la Virgen y del rosario. Desde entonces, Peyton dedicó su vida a promover un movimiento transnacional de devoción que se convertiría en uno de los instrumentos más sofisticados de influencia estadounidense en América Latina durante la Guerra Fría.
El sacerdote produjo películas y programas radiales para difundir la devoción al rosario. En 1962, cuando llegó a Brasil, su Cruzada del Rosario en Familia se transformó en un vector de movilización política de gran alcance.
Aunque se trataba de actos distintos e independientes entre sí, las marchas apoyaron las Cruzadas del Rosario en Familia que se realizaron durante ese periodo, lo que avivó la retórica anticomunista contra Jango.

La historiadora Isabella Villarinho Pereyra, doctorada por la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), destaca el papel central que tuvo esta organización religiosa en el golpe de 1964.
“Las marchas funcionaban como una especie de catarsis colectiva de ese grupo de mujeres, que tenían una agenda muy específica: salvar a Brasil del comunismo”, explica Pereyra. En ese contexto, “se desarrollaba una dinámica discursiva que libraba una batalla contra el comunismo no solo en el plano militar, sino también en el espiritual”.
El rosario no era simplemente un símbolo religioso. Era, en esa narrativa, la única arma capaz de salvar al país. “Las mujeres que marchaban creían estar recurriendo a todo tipo de ayuda posible, movilizando no solo la fe, sino también a los medios de comunicación, las parroquias, las misas y la estructura de la Iglesia católica”, señala Pereyra.
La conexión entre la Cruzada del Rosario en Familia y la CIA no fue casual. Fue establecida por Peter Grace, “un gran empresario del sector exportador”, amigo personal del entonces director de la CIA, Alan Dulles, y “muy católico”, describe Pereyra.
Grace conoció al padre Peyton en un viaje en barco a Europa e, impresionado por su trabajo de difusión religiosa, se convirtió en su principal financiador y, lo que es más importante, en su intermediario ante los servicios de inteligencia estadounidenses. Fue él quien propuso llevar el movimiento de las Cruzadas a América Latina, iniciativa que recibió apoyo tanto de la CIA como del Vaticano.
Uno de los documentos más reveladores de la investigación de Pereyra muestra que Peter Grace mencionó la necesidad de una entrevista entre el padre Peyton y la CIA, evidenciando que la conexión entre religión, el mundo empresarial y la inteligencia estadounidense no era informal ni accidental.

El Vaticano enfrentaba entonces dos desafíos en la región: la escasez de clero y el crecimiento de los movimientos de izquierda. La convergencia entre los intereses religiosos y los objetivos geopolíticos de Estados Unidos dio lugar a una alianza en la que el financiamiento provenía de Washington, mientras que la cara pública era religiosa.
Cuando la Cruzada se estableció en Brasil, la articulación inicial no la lideraron hombres de traje y corbata, sino mujeres de grupos católicos laicos, que abrieron oficinas en Recife, Río de Janeiro, Salvador, Paraná y Belo Horizonte, y se organizaron en grupos que se multiplicaron rápidamente.
La Unión Cívica Femenina (UCF) inició sus actividades en 1961 en São Paulo, fundando núcleos en el interior del estado, en Santos y otras ciudades. En Río de Janeiro, seis meses después, se fundó la CAMDE, que rápidamente extendió sus núcleos a otros barrios y ciudades de la región.
Pero había un detalle crucial: muchos de los maridos, hermanos y hombres de la familia de estas mujeres eran militares, empresarios vinculados al Ipes y al Ibad, o ejecutivos de corporaciones multinacionales.
Janaína Cordeiro destaca que, aunque las mujeres desempeñaban un papel de liderazgo muy fuerte e importante en aquel contexto, esas otras organizaciones también fueron fundamentales. “Contaban con lo que en aquella época se denominaba las clases productoras; contaban con sectores del empresariado; contaban con algunos sindicatos organizados que también convocaban a la marcha; contaban con otras iglesias además de la iglesia católica”.
El clero, a través de arzobispos y obispos, facilitó el contacto con los fieles, el soporte fundamental del movimiento.
La orquestación invisible
Según la investigación de Pereyra, la CIA determinaba incluso hacia dónde debían dirigirse las marchas. “Cada vez que llegaban a una localidad, se organizaban cenas con empresarios y medios de comunicación. Se establecían vínculos con asociaciones comerciales e industriales y se enviaban numerosas cartas”, detalla.
El financiamiento no provenía únicamente de la CIA. Grandes corporaciones estadounidenses y empresarios brasileños también aportaron recursos. La Alianza para el Progreso, un programa de cooperación económica estadounidense con América Latina lanzado en 1961 por el presidente John F. Kennedy, funcionó como un canal adicional de dinero.
Había una narrativa que impregnaba todas las cruzadas, una frase que aparecía en documentos de la época: “La verdadera revolución la hizo tu madre”. Esta construcción discursiva permitía a las mujeres ejercer poder político sin que esto se reconociera como tal, y facilitaba que la CIA operara a través de estructuras religiosas y familiares, evitando la apariencia de intervención externa.
Según Cordeiro, esta estrategia fue eficaz: “La movilización legitimó el golpe [de estado del 31 de marzo de 1964], que se presentaba como respuesta al clamor popular”.
El legado de una marcha funesta
Para comprender cómo las Cruzadas del Rosario en Familia y, posteriormente, la propia Marcha de la Familia con Dios por la Libertad encontraron un terreno fértil en Brasil, hay que tener en cuenta el contexto de polarización política que marcó el inicio de la década de 1960. El gobierno de Goulart enfrentaba una poderosa coalición de fuerzas conservadoras y ultrarreaccionarias.
Las reformas propuestas por Goulart disgustaban profundamente a los sectores conservadores. La restricción al envío de ganancias al exterior afectaba a las empresas multinacionales. La reforma agraria aterrorizaba a los terratenientes. La movilización de los sindicatos y los trabajadores, coordinada por el Comando General de los Trabajadores (CGT), asustaba a la burguesía.
En ese contexto de radicalización política, las Cruzadas del Rosario en Familia ofrecían un lenguaje que permitía a los sectores retrógrados expresar sus preocupaciones en términos religiosos y familiares, en lugar de puramente económicos o políticos.

El historiador Boris Fausto dijo a Agência Pública en 2019 que la marcha demostró que el golpe contaba con un importante respaldo social en el medio urbano, especialmente entre las clases media y alta, pero advertía que “de ahí a considerarlo un movimiento representativo del conjunto de la sociedad hay una enorme distancia”.
La prensa, con raras excepciones, como el periódico Última Hora, de Samuel Wainer, desempeñó un papel crucial en la creación de un clima de temor, amplificando el discurso del “peligro rojo”. O Estado de S. Paulo, por ejemplo, publicó el manifiesto de convocatoria de la marcha, alineándose abiertamente con los conspiradores.
“No existía una amenaza real de que se fuera a instaurar un régimen comunista”, afirmó Fausto. Lo que existía era una radicalización política y una disputa sobre el rumbo del desarrollo nacional. El golpe de 1964, lejos de ser un mero “golpe de cuartel”, fue una articulación cívico-militar que tomó por sorpresa a las fuerzas democráticas y se instaló con absoluta fuerza. La dictadura, que siguió hasta 1985, puso de manifiesto la verdadera naturaleza del movimiento.
Cuando la Marcha de la Familia terminó a primera hora de la noche del 19 de marzo y la Catedral de la Sé celebraba la última misa del día, el destino del gobierno de Goulart estaba sellado. Doce días después, el golpe se consumaría. La marcha había proporcionado el respaldo civil que los militares necesitaban para actuar.

La primera marcha en São Paulo sirvió de mecha. En Río de Janeiro se había planeado una marcha para el 2 de abril, pero el golpe se adelantó al 31 de marzo y se llevó a cabo el 1 de abril, transformando la manifestación en una “Marcha de la Victoria”. La que tuvo lugar en Río reunió a unas 800.000 personas, según las estimaciones más prudentes, mientras que en São Paulo se contabilizaron 500.000.
Cordeiro destaca la magnitud de esta movilización: “La marcha de Río fue la mayor que hubo. A partir de ahí, esas marchas pasaron a ser de celebración”. Y el fenómeno se extendió por todo el país: “al parecer, Brasil marchó hasta septiembre”.
El ambiente de aquel marzo de 1964 estaba cargado de electricidad, recordaría en 2017 el historiador Jacob Gorender en una entrevista con Agência Pública sobre la víspera del golpe militar.
La Operación Brother Sam, dirigida por Washington, puso a la armada y a la fuerza aérea estadounidenses en posición de intervenir en Brasil en caso de que el golpe se enfrentara a resistencia armada o derivara en una guerra civil.
La intervención directa no fue necesaria, pero la presencia de la flota estadounidense frente a la costa brasileña sirvió como garantía de que el proyecto de destitución de Goulart no fracasaría. El derrocamiento del gobierno legítimo era una prioridad en la lógica de la Guerra Fría, en la que la retórica del “peligro rojo” justificaba la supresión de las libertades democráticas.
Pero el entusiasmo de muchos participantes pronto se convertiría en desilusión. Sectores de la sociedad que apoyaron la caída de Goulart, creyendo en una intervención breve para “restaurar el orden”, se vieron atrapados en un régimen autoritario que duraría 21 años.
En 1968, muchos de los que habían marchado con rosarios en las manos estarían en las calles protestando contra la violencia de Estado. La dictadura que siguió suprimió las libertades, diezmó el parlamento, persiguió y torturó a los opositores, hasta matarlos, tal y como retratan las películas “Yo sigo aquí” (2024) y “El agente secreto” (2025).
*Esta es una versión traducida y editada del artículo original publicado por Agência Pública